Un mismo casco de madera llevó a tres expediciones a los dos extremos del planeta. Detrás del barco Fram no hubo solo aventura: hubo un proyecto de nación que transformó la exploración polar en prestigio, mapas y, finalmente, en soberanía.

En el museo que lleva su nombre, en la península de Bygdøy, en Oslo, el Fram se conserva entero, con los mástiles montados y el casco intacto. Es la pieza central de uno de los museos más visitados de Noruega, y la razón es fácil de entender: pocos objetos concentran tanta historia. Entre 1893 y 1912, este barco de apenas treinta y nueve metros de eslora navegó —o se dejó arrastrar— hasta latitudes que ninguna otra nave de madera había alcanzado, en el Ártico primero y en la Antártida después.
Pero reducir el Fram a una hazaña de navegación es perder de vista lo que realmente representa. El barco fue el instrumento de un proyecto más ambicioso: el de una nación pequeña, joven y sin tradición imperial que descubrió que la ciencia polar podía ser una forma de poder. Tres expediciones, tres comandantes y un mismo casco trazan el arco por el que Noruega convirtió el hielo en prestigio internacional, el prestigio en cartografía y la cartografía en argumentos de soberanía. Es un patrón que el análisis geopolítico contemporáneo reconoce de inmediato, porque sigue vigente.
Un barco diseñado para dejarse atrapar
La idea que dio origen al Fram era contraintuitiva hasta el escándalo. A fines del siglo XIX se asumía que el hielo marino destruía cualquier embarcación que quedara atrapada en él; la historia de la exploración ártica estaba sembrada de cascos aplastados por la presión del pack. Fridtjof Nansen propuso lo contrario: construir un barco pensado para quedar deliberadamente encerrado en el hielo y dejarse llevar por las corrientes polares. La hipótesis se apoyaba en la teoría de una corriente transpolar de este a oeste que el meteorólogo Henrik Mohn había formulado en 1884, a partir de restos de un naufragio estadounidense aparecidos al otro lado del Ártico.

Para materializar semejante nave, Nansen recurrió a Colin Archer, el mejor constructor naval noruego. El resultado no se parecía a nada conocido. El casco era redondeado en el fondo y en los costados —una sección transversal comparable a la de media cáscara de coco—, de modo que la presión del hielo, en lugar de triturarlo, lo empujara hacia arriba. Nansen lo describió con una imagen que quedó grabada: el barco debía escurrirse del abrazo del hielo como una anguila. Tenía tres capas de madera de unos setenta centímetros de espesor, un revestimiento exterior de greenheart, casi ninguna quilla y timón y hélice retráctiles. Fue la primera nave construida en Noruega específicamente para la investigación polar, y llevó por nombre Fram: adelante.
Esa apuesta técnica no era solo ingeniería. Era la afirmación de que un país periférico podía resolver, por su cuenta, un problema que las grandes potencias exploradoras no habían sabido resolver.
Nansen y la corriente que nadie creía
El Fram zarpó el 24 de junio de 1893 y se dejó congelar en el hielo al norte de las islas de Nueva Siberia. Durante casi tres años derivó lentamente a través del océano Ártico, exactamente como Nansen había previsto, transformado en un laboratorio flotante que acumuló datos oceanográficos, meteorológicos y biológicos de una región nunca antes estudiada de manera sistemática. La deriva no llevó el barco tan cerca del Polo como su ideólogo esperaba, así que en marzo de 1895 Nansen abandonó la nave junto a Hjalmar Johansen para intentar alcanzarlo a pie, con esquís, trineos y perros. El 8 de abril llegaron a los 86°14′ N, el punto más septentrional que ser humano alguno había pisado hasta entonces, antes de emprender una retirada extraordinaria que los obligó a invernar en la Tierra de Francisco José.
Mientras tanto, el mando del Fram quedó en manos de Otto Sverdrup, que completó la deriva y sacó el barco del hielo cerca de Svalbard el 13 de agosto de 1896 —el mismo día en que Nansen alcanzaba tierra en Vardø—. La expedición fue un éxito total: confirmó la existencia de la corriente transpolar y sentó las bases de la oceanografía polar moderna. El relato que Nansen publicó en 1897 lo convirtió en una celebridad internacional.
Conviene fijar la fecha. Todo esto ocurrió mientras Noruega seguía integrada en una unión con Suecia y todavía no era un Estado plenamente soberano. La proeza científica y el récord de latitud funcionaron como capital simbólico de una nación que aún no existía formalmente, pero que empezaba a construir una imagen de sí misma. La exploración polar se estaba convirtiendo en el terreno donde los noruegos sentían que podían medirse con cualquiera.
Sverdrup y el mapa que se volvió moneda de cambio

El capítulo menos recordado del Fram es también el de mayor densidad geopolítica. En 1898, Sverdrup partió de nuevo al mando del barco, esta vez con el objetivo de explorar el norte de Groenlandia. Las condiciones del hielo lo desviaron hacia el archipiélago ártico canadiense, y allí, durante cuatro inviernos consecutivos, la expedición desarrolló un programa de cartografía sin precedentes. Adoptando las técnicas de desplazamiento y supervivencia que aprendió de los inuit, el equipo relevó unos 260.000 kilómetros cuadrados de territorio —una superficie comparable a la mitad sur de Noruega— y descubrió las islas que hoy llevan su nombre.
Sverdrup reclamó esas tierras en nombre del rey de Noruega en 1902. El gobierno noruego, sin embargo, no dio seguimiento inmediato al reclamo, y en 1925 Canadá proclamó el principio de los sectores. El diferendo quedó latente durante décadas hasta que se resolvió de una manera reveladora. El 11 de noviembre de 1930, Noruega renunció formalmente a su reclamo sobre las islas Sverdrup; a cambio, pocos días después, el Reino Unido reconoció la soberanía noruega sobre Jan Mayen. La cartografía del Fram se había convertido en una ficha de negociación diplomática.
Para un lector contemporáneo, la secuencia resulta familiar: exploración científica que produce cartografía, cartografía que sustenta un reclamo territorial, y reclamo que termina funcionando como activo negociable entre Estados. Es la misma lógica que hoy estructura las disputas por la plataforma continental extendida en el Ártico. El Fram no inventó ese mecanismo, pero lo ejecutó con una claridad pocas veces igualada.
Amundsen, el Polo Sur y la bandera de una nación nueva
La tercera expedición del Fram pertenece a otra época y a otro hemisferio. Para 1909, Noruega ya era un Estado independiente y Roald Amundsen planeaba usar el barco de Nansen para una deriva ártica que lo llevara al Polo Norte. Cuando los estadounidenses Frederick Cook y Robert Peary reclamaron haber alcanzado el Polo Norte, Amundsen cambió de objetivo en secreto y apuntó al Sur.
El engaño fue meticuloso. Amundsen zarpó en junio de 1910 haciendo creer incluso a buena parte de su tripulación que se dirigían al Ártico, y solo reveló el verdadero destino al dejar Madeira. Desde allí envió a Robert Falcon Scott, que preparaba su propia campaña británica, un telegrama informándole que el Fram se dirigía a la Antártida. La carrera por el Polo Sur quedaba abierta.
El Fram fondeó en la Bahía de las Ballenas, sobre la barrera de hielo de Ross, en enero de 1911. Amundsen instaló su base y desde allí, aplicando el método que Noruega había depurado a lo largo de tres décadas de exploración, alcanzó el Polo Sur el 14 de diciembre de 1911. Llegó cinco semanas antes que Scott. Amundsen reclamó la victoria para Noruega en una presentación en sociedad de una nación recién nacida, que plantaba su bandera en el punto más austral del planeta con un barco que ya era un símbolo patrio.
El éxito de Amundsen consolidó a Noruega como nación polar en ambos hemisferios, aunque su expansión territorial en la Antártida respondería a otra lógica. En las décadas siguientes, impulsada sobre todo por su poderosa industria ballenera y las expediciones financiadas por el armador Lars Christensen, Noruega reclamó la Isla Bouvet (1928, tras resolver una disputa con el Reino Unido), la Isla Pedro I (1931) y, finalmente, la vasta Tierra de la Reina Maud (1939), esta última en buena medida para adelantarse a la expedición antártica de la Alemania nazi. Invocando el principio de los sectores, el país se convirtió así en una potencia bipolar y quedó entre los siete Estados reclamantes originales del Sistema del Tratado Antártico.
Del casco al Estado: Svalbard y la diplomacia polar

El arco del Fram no termina en el hielo. Termina en los tratados y las instituciones. El capital simbólico acumulado por estas tres expediciones, sumado al prestigio de Nansen, fue un argumento decisivo para Noruega en la Conferencia de Paz de París tras la Primera Guerra Mundial. En 1920, este peso diplomático cristalizó en la firma del Tratado de Svalbard, otorgando a Noruega la soberanía sobre el archipiélago más estratégico del Alto Norte y consolidando su presencia en el Ártico europeo.
Nansen dedicó la última etapa de su vida al servicio del Estado noruego y de la incipiente diplomacia multilateral. En 1922 recibió el Premio Nobel de la Paz por su trabajo con prisioneros de guerra y refugiados, y como Alto Comisionado de la Sociedad de Naciones creó el pasaporte Nansen. El explorador que había buscado la corriente transpolar se convirtió en una figura del poder blando institucionalizado.
Ese es, quizás, el legado más profundo del barco. La identidad polar que Noruega forjó con el Fram —la de un país pequeño cuya autoridad no proviene del tamaño ni de la fuerza, sino del conocimiento del extremo norte— sigue siendo hoy un activo estratégico. Noruega es una potencia ártica con voz propia, sede de instituciones científicas de referencia y actor central en la gobernanza de la región.
El Fram deja una constatación que el análisis geopolítico contemporáneo no ignora: la ciencia polar rara vez es solo ciencia. La presencia de investigadores, la producción de mapas y la acumulación de datos anteceden y legitiman formas de influencia que después se expresan en el lenguaje del derecho y la soberanía. Noruega fue temprana en descubrirlo. La pregunta que queda abierta es hasta qué punto ese mismo mecanismo, hoy replicado por múltiples actores en el Ártico y la Antártida, sigue produciendo los mismos resultados.
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